SERIE ESPECIAL · LA VIDA DETRÁS DE LA PANTALLA · PARTE 2 DE 7
OPINIÓN · VIDA DIGITAL
No todo lo que vemos es mentira. Pero tampoco es toda la realidad.

No todo lo que vemos es mentira. Pero tampoco es toda la realidad.
Cuando hablamos de redes sociales, es común escuchar que todo lo que aparece allí es falso. Pero esa idea también puede ser injusta. Una persona no tiene que mentir para mostrar una versión incompleta de su vida.
La fotografía puede ser real. El viaje ocurrió, el automóvil existe, la pareja estaba sonriendo, el restaurante estaba allí y el logro profesional puede ser completamente auténtico. La pregunta no siempre está en lo que vemos, sino en todo lo que queda fuera del encuadre.
Vemos el viaje, pero quizá no los meses de trabajo que hicieron posible pagarlo. Vemos el automóvil nuevo, pero no sabemos si es propio, financiado, alquilado o prestado. Vemos una relación feliz, pero desconocemos las conversaciones difíciles que ocurren cuando se apaga la cámara.
Con un cuerpo aparentemente perfecto sucede algo parecido. No vemos cuánto pueden influir la genética, el entrenamiento, la iluminación, la postura, la edición, los procedimientos estéticos o, sencillamente, que esa imagen haya sido escogida entre muchas. También vemos una empresa exitosa sin conocer todas las ideas que fracasaron antes, o celebramos un logro sin saber cuántos años pasó esa persona trabajando sin que nadie la mirara.
Vemos el resultado. Rara vez vemos el proceso completo.
Eso no significa que las personas deban publicar sus problemas. Nadie está obligado a convertir sus redes en un diario de dificultades. Tenemos derecho a compartir los momentos que nos hacen felices.
La dificultad aparece cuando olvidamos que estamos mirando una selección. Las redes sociales funcionan como una vitrina: cada quien escoge qué mostrar, qué fotografía usar, qué momento publicar, qué historia contar, qué borrar y qué repetir. Es comprensible. Probablemente nosotros hacemos algo parecido.
Cuando vamos de vacaciones, es más probable que publiquemos la foto frente al mar que los veinte minutos esperando un Uber. Si celebramos un cumpleaños, compartimos el momento de la torta y no necesariamente la discusión de dos horas antes. Si conseguimos un trabajo nuevo, anunciamos la noticia; los diez rechazos anteriores suelen quedarse fuera de Instagram.
Por eso una publicación puede ser auténtica y, al mismo tiempo, representar una fracción muy pequeña de una realidad mucho más compleja.
El problema es que nuestra mente tiende a completar los espacios vacíos. Vemos una fotografía y pensamos: “Esa persona siempre es feliz”. Vemos un automóvil y concluimos: “Tiene muchísimo dinero”. Vemos una pareja y suponemos: “Nunca tienen problemas”. Vemos un cuerpo y creemos: “Siempre se ve así”.
Muchas veces estamos construyendo una historia alrededor de una sola imagen. Las redes sociales no necesariamente nos están mintiendo; a veces somos nosotros quienes tomamos una muestra pequeña y la interpretamos como si fuera el cuadro completo.
Eso pesa cuando usamos esas imágenes para medir nuestra propia vida. Mientras observamos el mejor momento de otra persona, nosotros seguimos teniendo acceso a todos nuestros peores momentos. La comparación empieza, desde el principio, en condiciones desiguales.
Reflexión
Las redes sociales no necesariamente nos muestran vidas falsas. Muchas veces nos muestran versiones incompletas de vidas reales.
Antes de comparar nuestra vida con la de alguien más, quizá convenga preguntarnos:
¿Cuánto conozco realmente de aquello que estoy mirando?
