
PHOENIX TEAM GLOBAL | ANÁLISIS ESPECIAL A diez meses de la operación militar estadounidense del 3 de enero de 2026, Venezuela vive una nueva realidad política, económica y geopolítica. Sin embargo, la…
A diez meses de la operación militar estadounidense del 3 de enero de 2026, Venezuela vive una nueva realidad política, económica y geopolítica. Sin embargo, la salida de Nicolás Maduro no ha significado todavía la restitución de la democracia. El plan de tres fases de Washington avanza entre acuerdos petroleros, reformas económicas, continuidades del antiguo poder y una transición política que sigue sin fecha cierta.
El 3 de enero de 2026 quedó marcado como una fecha extraordinaria en la historia contemporánea de Venezuela. Una operación militar estadounidense culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Estados Unidos para enfrentar cargos judiciales.
Diez meses después, la pregunta que millones de venezolanos se hacen dentro y fuera del país sigue siendo la misma: ¿valió la pena aquella operación si todavía no se ha materializado el cambio democrático que durante años reclamó la sociedad venezolana?
La respuesta exige mirar más allá de la espectacularidad de una operación militar. Capturar a un gobernante no significa necesariamente desmontar el sistema político que lo sostuvo, y mucho menos reconstruir de un día para otro las instituciones de una nación devastada por años de crisis.
La Venezuela de noviembre de 2026 es diferente a la de diciembre de 2025, pero también está lejos de representar las expectativas de quienes esperaban una transformación política inmediata.

1. MADURO SALIÓ DEL PODER, PERO EL CHAVISMO NO DESAPARECIÓ
Tras la captura de Maduro, Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina y se convirtió en la principal interlocutora de Washington.
La operación estadounidense produjo un cambio en la cabeza del poder, pero no una sustitución integral de las estructuras políticas, militares y administrativas del Estado. Buena parte de los cuadros del antiguo oficialismo permanecieron en posiciones estratégicas.
La administración estadounidense optó por negociar con las autoridades interinas, buscando evitar un vacío de poder y mantener condiciones de gobernabilidad. Mientras una parte de la oposición reclama la restitución del mandato surgido de las elecciones de 2024 y la instalación de Edmundo González Urrutia, la realidad institucional ha seguido otro camino.
María Corina Machado continúa siendo una figura central de la oposición democrática, pero la participación efectiva de las fuerzas opositoras en las decisiones fundamentales del Estado sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes. Cambió el interlocutor del poder, pero no se ha completado la transformación del sistema.
2. EL PLAN DE LAS TRES FASES: ¿ESTRATEGIA DE TRANSICIÓN O ADMINISTRACIÓN DEL CAMBIO?
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, definió una hoja de ruta de tres etapas.
Primera fase: estabilización. Su objetivo es evitar el colapso institucional, contener posibles conflictos internos, mantener la gobernabilidad y garantizar condiciones mínimas de seguridad. Washington ha privilegiado los acuerdos con el gobierno interino de Delcy Rodríguez.
La estabilidad, sin embargo, tiene una pregunta incómoda: ¿estabilizar qué y para quién? Una estabilidad que conserve intactas las restricciones políticas, los mecanismos de control y las estructuras de represión podría reducir la incertidumbre inmediata, pero no resolvería las causas que originaron la crisis venezolana.
Segunda fase: recuperación económica. Busca reactivar la producción, recuperar la industria petrolera, atraer inversiones y mejorar las condiciones económicas. Uno de los movimientos más significativos fue el acuerdo petrolero anunciado en agosto de 2026, que amplió la participación estadounidense en la explotación de campos venezolanos.
La recuperación económica es indispensable, pero no debe confundirse con la recuperación democrática. Venezuela necesita inversión, empleo, salarios dignos, servicios públicos, seguridad jurídica y oportunidades; también necesita transparencia, institucionalidad y garantías para que la riqueza nacional no termine nuevamente concentrada en círculos de poder.
Tercera fase: transición política. Marco Rubio ha señalado que para alcanzar elecciones libres y competitivas deben existir una prensa independiente, libertad de organización política, espacios para la movilización ciudadana y un nuevo organismo electoral. Donald Trump ha manifestado que Venezuela todavía no está preparada para celebrar elecciones.
Y aquí aparece la gran interrogante: ¿cuándo estará preparada? Una transición democrática no puede convertirse en una etapa indefinida cuya fecha dependa exclusivamente de acuerdos entre Washington y quienes administran actualmente el poder en Caracas.
3. ¿QUÉ HA CAMBIADO REALMENTE EN VENEZUELA?
Hay cambios concretos que no deben ignorarse:
- Relación con Estados Unidos: de la confrontación directa se pasó a una relación de cooperación política, económica y energética.
- Industria petrolera: se abrió una nueva etapa de participación estadounidense y reformas orientadas a atraer capital privado.
- Información económica: el Banco Central retomó la publicación de indicadores económicos después de años de opacidad estadística.
- Sistema político: existe un gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez, con interlocución internacional y reconocimiento estadounidense.
- Presos políticos: se han producido liberaciones y se aprobó una ley de amnistía, aunque persisten detenciones y restricciones.
Pero hay una diferencia considerable entre modificar las relaciones económicas y transformar la vida de los ciudadanos. La inflación continúa siendo un problema, la deuda pública representa una carga extraordinaria, los salarios siguen bajo presión y los servicios públicos necesitan una reconstrucción profunda.
Además, los terremotos del 24 de junio de 2026 agravaron la situación humanitaria y añadieron nuevas necesidades de reconstrucción. El país no solamente necesita recuperar su economía: necesita reconstruir su capacidad de responder a las necesidades de la población.
4. EL VENEZOLANO DENTRO DEL PAÍS: ENTRE LA ESPERANZA Y EL ESCEPTICISMO
El ciudadano no mide la transición únicamente por los anuncios de Washington, las declaraciones de Miraflores o los acuerdos petroleros. La mide por lo que sucede en su casa.
¿Puede comprar alimentos sin sacrificar buena parte de su salario? ¿Tiene electricidad y agua? ¿Puede conseguir medicamentos? ¿Puede trabajar y vivir dignamente? ¿Puede expresar sus ideas sin temor?
Para trabajadores, docentes, jubilados, comerciantes y familias que sobreviven con ingresos insuficientes, la recuperación económica debe sentirse en el bolsillo y en la calidad de vida.
También existe una preocupación política: que el nuevo escenario termine consolidando un acuerdo entre actores del antiguo sistema y nuevos intereses económicos, dejando a un lado las demandas de democratización. La esperanza existe, pero también el temor de que el país vuelva a acostumbrarse a esperar.
5. LA DIÁSPORA: ¿REGRESAR O SEGUIR ESPERANDO?
Para los millones de venezolanos que viven fuera de sus fronteras, el cambio político tiene un significado adicional: la posibilidad de regresar.
Regresar significa encontrar empleo, seguridad jurídica, escuelas funcionando, hospitales operativos, servicios públicos confiables y garantías para desarrollar actividades económicas sin arbitrariedades. También significa poder regresar sin miedo a represalias políticas y con la posibilidad de recuperar propiedades, derechos y oportunidades.
El retorno de los venezolanos no se decretará mediante un anuncio presidencial. Será consecuencia de la confianza, y la confianza requiere instituciones que funcionen, reglas claras y garantías que sobrevivan a cualquier gobierno.
6. ¿DARÁ RESULTADOS EL PLAN DE LAS TRES FASES?
El plan estadounidense tiene una lógica reconocible: primero evitar el desorden, después recuperar la economía y finalmente avanzar hacia una transición política. El problema no está necesariamente en esa secuencia, sino en sus condiciones de ejecución.
El riesgo de la estabilización permanente: que la primera fase se prolongue y termine legitimando una continuidad política sin transformación institucional verificable.
El riesgo de una recuperación económica excluyente: que los beneficios de la actividad petrolera se concentren en acuerdos empresariales y círculos de poder, sin traducirse en mejores salarios, servicios y oportunidades.
El riesgo de una transición sin participación ciudadana: que el futuro político termine negociándose entre Washington y las autoridades interinas, sin garantías suficientes para la oposición democrática y la sociedad civil.
El éxito no debería medirse por la cantidad de acuerdos firmados ni por los barriles de petróleo exportados, sino por la capacidad de los venezolanos para recuperar sus derechos y decidir libremente su futuro.
7. LA GRAN PREGUNTA: ¿QUIÉN DECIDIRÁ EL FUTURO DE VENEZUELA?
A diez meses de la operación estadounidense, Venezuela se encuentra ante una encrucijada histórica. Washington tiene intereses estratégicos, energéticos y de seguridad; Delcy Rodríguez administra el poder interino; la oposición democrática reclama condiciones para materializar el mandato electoral de 2024; y la ciudadanía espera respuestas concretas.
La comunidad internacional puede acompañar, facilitar acuerdos, ejercer presión y ofrecer cooperación. Pero la reconstrucción de la legitimidad política venezolana requiere participación ciudadana y mecanismos democráticos verificables.
La verdadera transición consistirá en desmontar las prácticas autoritarias, recuperar la independencia de los poderes públicos, garantizar la libertad de expresión, restablecer el Estado de derecho y permitir que los venezolanos elijan su destino sin imposiciones.
DIEZ MESES DESPUÉS: VENEZUELA SIGUE ESPERANDO SU DEMOCRACIA
El 3 de enero cambió el curso de la historia política venezolana. Pero diez meses después todavía no existe una respuesta definitiva sobre el destino de la transición.
Maduro está fuera del poder. Estados Unidos mantiene una influencia determinante. La industria petrolera comienza a transitar un nuevo escenario. La economía busca recuperarse. Pero las instituciones democráticas, las libertades y las garantías electorales siguen siendo una deuda pendiente.
La pregunta es si esos resultados permitirán que Venezuela vuelva a ser una nación donde el poder nazca del voto, las instituciones respondan a los ciudadanos y la libertad deje de ser una aspiración para convertirse en una realidad.
Porque Venezuela no necesita únicamente una nueva administración del poder. Necesita recuperar el derecho a decidir quién la gobierna.
Y para millones de venezolanos, dentro y fuera de sus fronteras, esa sigue siendo la verdadera transición pendiente.
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Análisis, contexto y pensamiento crítico.
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