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La dirigente opositora regresó a Venezuela con una hoja de ruta que combina presión ciudadana, negociación internacional, transformación institucional y exigencias de justicia. Su mensaje desde el Aula Magna de la UCAB deja una señal política: la transición no puede convertirse en una simple negociación para administrar el poder existente.
El regreso de María Corina Machado a Venezuela no parece ser solamente un acontecimiento político de alto impacto. Su primera comparecencia ante los medios de comunicación, el jueves 29 de octubre, desde el Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), dejó al descubierto una estrategia que merece una lectura mucho más profunda: objetivos definidos, tiempos políticos, presión internacional, organización ciudadana y una posición que no parece dispuesta a aceptar una transición limitada a cambios cosméticos.
Después de aproximadamente diez meses fuera del país, Machado regresó para anunciar que ha vuelto a cumplir una tarea y un mandato. No se presentó únicamente como una dirigente que recupera presencia territorial, sino como una figura que pretende incidir directamente en la conducción del proceso político venezolano.
Su mensaje estuvo atravesado por una afirmación central: la transición democrática es irreversible.
Pero detrás de esa declaración hay algo más que optimismo político. Hay una estrategia de presión que busca establecer condiciones, delimitar responsabilidades y evitar que el desenlace venezolano termine siendo una negociación entre sectores de poder sin una verdadera transformación democrática.
UNA HOJA DE RUTA SIN AMBIGÜEDADES
Machado puso sobre la mesa tres asuntos institucionales que considera fundamentales: la designación de un nuevo Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), la renovación del Consejo Nacional Electoral (CNE) y la fijación de una fecha para las elecciones presidenciales.
Un aspecto particularmente relevante fue su planteamiento de que estas tres decisiones pueden adoptarse simultáneamente y no necesariamente mediante una secuencia prolongada.
La diferencia no es menor.
En un país donde las instituciones han sido objeto de cuestionamientos nacionales e internacionales, la renovación de los poderes públicos representa una condición esencial para recuperar la confianza ciudadana y construir un proceso electoral con garantías.
Machado también señaló que, de acuerdo con la hoja de ruta expuesta por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, las elecciones presidenciales estarían previstas para 2027.
Su planteamiento apunta a impedir que la transición se convierta en un período indefinido, sin compromisos verificables ni un horizonte electoral concreto.
NEGOCIAR NO SIGNIFICA RENUNCIAR
Uno de los elementos más interesantes de su intervención fue su posición frente a las conversaciones políticas impulsadas con participación de Washington.
Machado aclaró que no forma parte de esa mesa de negociación, aunque manifestó su interés en que alcance sus objetivos.
Esta posición contiene una señal política importante: reconoce la necesidad de los acuerdos, pero no parece dispuesta a delegar completamente la conducción de la transición en negociadores que no representan directamente su proyecto político.
En este escenario, su estrategia combina dos dimensiones que pueden parecer contradictorias, pero que en realidad pueden complementarse: negociación y presión.
Negociar para facilitar una salida política. Presionar para evitar que los acuerdos terminen garantizando la continuidad de las estructuras que hicieron posible la crisis venezolana.
De allí que su discurso pueda interpretarse como una advertencia a los diferentes actores involucrados: cualquier acuerdo deberá tener consecuencias institucionales concretas.
JUSTICIA: EL PUNTO DONDE NO PARECE HABER ESPACIO PARA LA IMPUNIDAD
La referencia a la memoria, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición fue otro de los componentes centrales de su intervención.
Machado planteó la necesidad de crear una Comisión de la Verdad y garantizar que el sistema judicial tenga autonomía para determinar las responsabilidades correspondientes.
Aquí aparece una de las dimensiones más delicadas de la transición.
¿Cómo construir estabilidad política sin sacrificar los derechos de las víctimas? ¿Cómo ofrecer garantías a quienes contribuyan a facilitar una salida democrática sin convertir esas garantías en mecanismos de impunidad?
La dirigente opositora sostuvo que quienes ayuden a la transición deben tener garantías y aseguró que tiene palabra.
La distinción es fundamental: una negociación política puede requerir garantías para facilitar el cambio, pero la determinación de responsabilidades penales debe corresponder a instituciones independientes, con respeto al debido proceso.
La justicia, por tanto, no debería convertirse en un instrumento de revancha, pero tampoco en una moneda de cambio.
EL FACTOR INTERNACIONAL: WASHINGTON NO PUEDE SER EL ÚNICO PROTAGONISTA
El reconocimiento al presidente Donald Trump y al secretario de Estado Marco Rubio ocupó un espacio significativo en sus declaraciones.
Machado destacó el papel de Estados Unidos en la apertura de una nueva etapa política venezolana y reconoció la importancia de la estrategia estadounidense para avanzar hacia una transición.
Sin embargo, su planteamiento también deja una interrogante geopolítica: ¿hasta dónde coinciden los objetivos de Washington con las aspiraciones de los venezolanos?
La participación estadounidense es determinante, pero la legitimidad de cualquier transformación política tendrá que construirse dentro de Venezuela.
En ese sentido, Machado parece buscar una combinación de respaldo internacional y movilización nacional, evitando que el futuro institucional del país dependa exclusivamente de acuerdos entre gobiernos.
La discusión sobre los contratos petroleros también forma parte de este escenario. La dirigente ofreció garantías a los inversionistas que hayan actuado legalmente, pero insistió en la necesidad de condiciones transparentes y competitivas.
El mensaje apunta a una cuestión de fondo: la reconstrucción económica no puede significar la reproducción de viejos esquemas de privilegios.
LA ORGANIZACIÓN CIUDADANA: EL OTRO FRENTE DE SU ESTRATEGIA
Quizás uno de los anuncios de mayor trascendencia política fue la reactivación de la red ciudadana que participó en la defensa de los resultados electorales del 28 de julio de 2024.
Machado anunció iniciativas como Venezuela Tierra de Gracia, Constructores y Punto de Acuerdo, con las que pretende impulsar la participación ciudadana y construir consensos sobre el futuro del país.
Entre sus objetivos mencionó la realización de asambleas, la incorporación de diferentes sectores sociales y la actualización del registro electoral, incluyendo a los venezolanos que viven en el exterior.
Este último punto tiene especial relevancia: millones de venezolanos fuera de sus fronteras aspiran a recuperar su derecho a participar en las decisiones políticas de su país.
La estrategia, por tanto, no se limita a recuperar espacios partidistas. Busca reconstruir una red de organización social con capacidad de movilización e incidencia en el proceso de transición.
¿POR QUÉ SU ESTRATEGIA PUEDE PERCIBIRSE COMO IMPLACABLE?
La expresión no debe confundirse necesariamente con una política de eliminación del adversario o desconocimiento de garantías democráticas.
Su significado, en este contexto, está relacionado con la aparente determinación de no renunciar a los objetivos políticos planteados.
Hay cuatro elementos que explican esa percepción:
Primero: el tiempo. Machado quiere que la transición tenga plazos y compromisos concretos. No parece dispuesta a aceptar que el proceso se prolongue indefinidamente.
Segundo: las instituciones. No plantea únicamente un cambio de autoridades, sino la reconstrucción de los mecanismos que deben garantizar la legitimidad democrática.
Tercero: la justicia. Insiste en que la estabilidad futura no puede construirse sobre el olvido de las víctimas ni sobre acuerdos que impidan esclarecer responsabilidades.
Cuarto: el poder ciudadano. Pretende mantener activa una estructura de organización nacional capaz de incidir en las decisiones y evitar que la transición quede exclusivamente en manos de las élites políticas.
Es precisamente la combinación de estos factores la que permite interpretar su discurso como una estrategia de presión política sin demasiadas concesiones sobre sus objetivos fundamentales.
EL GRAN DESAFÍO: CONSTRUIR UNA TRANSICIÓN QUE NO REPRODUZCA EL PASADO
No obstante, el camino está lleno de desafíos.
La transición venezolana requiere acuerdos políticos, garantías institucionales, reconstrucción económica, reconciliación nacional y capacidad de incorporar a sectores que no necesariamente comparten el mismo proyecto político.
La firmeza de los objetivos tendrá que coexistir con la construcción de consensos.
Una transición sostenible no puede depender exclusivamente del liderazgo de una persona, por importante que sea su papel en el escenario político. Necesita instituciones independientes, pluralismo, partidos sólidos, organizaciones sociales autónomas y reglas democráticas capaces de sobrevivir a cualquier gobierno.
Ese será uno de los principales retos de Machado: transformar el capital político y la movilización ciudadana en una arquitectura democrática que garantice la convivencia y la alternancia.
VENEZUELA ANTE UNA NUEVA DISPUTA POR SU FUTURO
El discurso del Aula Magna deja una conclusión política relevante: María Corina Machado no parece dispuesta a desempeñar un papel meramente testimonial en el proceso de transición.
Su regreso representa una apuesta por recuperar la iniciativa política, reorganizar las fuerzas ciudadanas y establecer condiciones para el cambio institucional.
La pregunta ya no es solamente cuándo habrá elecciones presidenciales. La discusión es quién garantizará esas elecciones, bajo qué instituciones, con cuáles condiciones y qué modelo de país surgirá después.
Venezuela necesita superar una larga etapa de confrontación, destrucción institucional y fractura social. Pero también necesita evitar que la transición termine convirtiéndose en una simple redistribución del poder entre los mismos actores que han condicionado su historia reciente.
El desafío es enorme: pasar de la salida de un sistema autoritario a la construcción de una democracia capaz de garantizar libertades, justicia, prosperidad y convivencia.
Porque cambiar de gobierno no necesariamente significa cambiar de sistema. Y reconstruir una nación exige mucho más que conquistar el poder: exige transformar las reglas que determinan cómo se ejerce.
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