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Delcy, Jorge y Diosdado: Los tres lacayos del imperio más grandes que han existido en la historia de Venezuela

Por Daniel Rodas Torres

Hay algo profundamente irónico en la política venezolana: quienes durante años hicieron del “imperio” su enemigo favorito terminaron conduciendo al país hacia una situación de dependencia y vulnerabilidad que difícilmente puede conciliarse con el discurso de soberanía que tanto proclamaron.

Durante más de dos décadas, el chavismo convirtió el antiimperialismo en una de las columnas centrales de su discurso. “Lacayo del imperio” se convirtió en una etiqueta para descalificar a dirigentes opositores, periodistas, empresarios, académicos y, en general, a cualquiera que se atreviera a cuestionar al poder.

La lógica era sencilla: si estabas contra el Gobierno, estabas contra Venezuela. Y si estabas contra Venezuela, necesariamente estabas al servicio de Washington.

Pero la historia tiene una costumbre incómoda: tarde o temprano obliga a revisar las propias contradicciones.

Y aquí aparece la pregunta que nadie debería temer hacerse: ¿quién terminó debilitando realmente la soberanía venezolana?

¿Aquellos que reclamaban elecciones libres, alternancia y separación de poderes? ¿O quienes, desde las estructuras del Estado, tuvieron durante años la responsabilidad de conducir el país?

Es desde esa perspectiva que este título puede resultar provocador, pero también profundamente simbólico: Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello representan una de las mayores contradicciones del discurso antiimperialista venezolano.

No estoy afirmando que trabajen para Washington. No existe base pública suficiente para sostener una acusación de ese tipo.

La paradoja es mucho más interesante.

Quienes hicieron del rechazo al “imperio” una bandera terminaron formando parte de un proyecto político que dejó a Venezuela considerablemente más débil, más dependiente y con menor capacidad de negociación internacional.

Y eso sí merece ser discutido.

Porque la soberanía no se grita.

La soberanía se construye.

Se construye cuando existen instituciones fuertes.

Cuando los ciudadanos confían en la justicia.

Cuando hay seguridad jurídica.

Cuando una economía produce.

Cuando los jóvenes pueden imaginar su futuro dentro de su propio país.

Cuando el Estado tiene capacidad para responder a las necesidades de la gente.

Y cuando una nación puede sentarse frente a cualquier potencia extranjera a negociar desde la fortaleza y no desde la necesidad.

¿Puede decirse que Venezuela llegó a ese punto?

Los resultados cuentan otra historia.

La economía venezolana sufrió un deterioro extraordinario. La industria petrolera perdió buena parte de su capacidad productiva. La infraestructura pública se deterioró. Millones de venezolanos terminaron abandonando el país buscando oportunidades que dejaron de encontrar en su propia tierra.

Y mientras todo eso ocurría, el discurso oficial seguía señalando hacia afuera.

El imperialismo.

Las sanciones.

Washington.

La conspiración.

El enemigo externo.

Por supuesto que factores externos han tenido impacto en la crisis venezolana. Negarlo sería simplificar una realidad mucho más compleja. Pero utilizar permanentemente al enemigo externo para explicar todos los problemas también puede convertirse en una manera de evitar una pregunta fundamental:

¿Quién tomó las decisiones dentro de Venezuela?

Ahí está el punto.

Porque las sanciones no inventaron todos los problemas del país. Tampoco explican por sí solas décadas de deterioro institucional, corrupción, controles económicos, destrucción de capacidades productivas, persecución política y concentración del poder.

Y aquí es donde la responsabilidad política adquiere importancia.

Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello no han sido espectadores de este proceso.

Han ocupado posiciones centrales dentro de la estructura de poder venezolana. Han defendido públicamente al modelo político y han participado, desde diferentes responsabilidades, en decisiones fundamentales de la República.

Por eso tendrán que responder ante la historia por mucho más que sus discursos.

Tendrán que responder por los resultados.

Y los resultados no se pueden maquillar con propaganda.

Porque una cosa es decir que se defiende la soberanía y otra muy diferente es dejar un país cuya capacidad económica, institucional y diplomática ha sido profundamente debilitada.

El chavismo prometió independencia.

Pero terminó administrando una nación necesitada de aliados externos para sostenerse.

Prometió soberanía.

Pero dejó una economía profundamente dependiente de factores internacionales.

Prometió poder para el pueblo.

Pero concentró el poder político en una estructura cada vez más cerrada.

Prometió prosperidad.

Y millones de venezolanos terminaron haciendo algo que nadie debería verse obligado a hacer: abandonar su país para poder sobrevivir o buscar un futuro mejor.

Eso también es pérdida de soberanía.

Porque la soberanía no solamente se pierde cuando un ejército extranjero cruza una frontera.

También se pierde cuando un ciudadano siente que para progresar tiene que marcharse.

Cuando un profesional formado con recursos del país termina ejerciendo su profesión en otro continente.

Cuando una madre se separa de sus hijos porque la economía no le permite vivir dignamente.

Cuando un joven deja atrás su familia porque ya no encuentra oportunidades.

Ese éxodo también debería formar parte del balance histórico de quienes gobernaron Venezuela.

Y por eso resulta tan difícil tomar en serio el discurso de quienes durante años acusaron a otros de ser “lacayos del imperio”.

No basta con hablar de patria.

No basta con exhibir banderas.

No basta con invocar a Bolívar.

La patria también se demuestra haciendo que sus ciudadanos quieran quedarse.

El verdadero patriotismo no consiste en repetir consignas contra Estados Unidos. Consiste en entregar a las nuevas generaciones un país más fuerte, más libre y con más oportunidades que el que recibieron.

Ese debería ser el verdadero estándar.

Y bajo ese estándar, la historia tendrá mucho que preguntar.

A Delcy.

A Jorge.

A Diosdado.

Y, por supuesto, a todos quienes han ejercido responsabilidades dentro del poder durante este largo período.

Porque este artículo no pretende absolver a unos para condenar a otros.

Pretende señalar una contradicción.

Durante años nos dijeron que los grandes enemigos de Venezuela estaban afuera.

Quizás ha llegado el momento de mirar también hacia adentro y preguntar quiénes tuvieron el poder suficiente para transformar el país y qué hicieron con él.

La historia no se escribe con consignas.

Se escribe con consecuencias.

Y cuando llegue el momento de evaluar este período de la República, no serán los discursos antiimperialistas los que tendrán la última palabra.

Serán los resultados.

El estado de las instituciones.

La economía.

La industria petrolera.

La migración.

La libertad.

La justicia.

Y la vida de millones de venezolanos.

Ese será el verdadero juicio.

Porque al final, la historia siempre termina desenmascarando las consignas.

Y cuando caen las consignas, quedan los hechos.


Sobre el autor

Daniel Rodas Torres es educador, investigador y dirigente social venezolano, con una trayectoria dedicada a la educación, el liderazgo y la defensa democrática. Licenciado en Educación y Magíster en Gerencia y Liderazgo Educacional, cursa estudios doctorales en Ciencias de la Educación. Es fundador e impulsor de iniciativas de análisis, comunicación y formación ciudadana, entre ellas PHOENIX Team Global y el Observatorio Venezuela Educa Libre (VEL). Actualmente es coordinador nacional del movimiento Concertación Ciudadana capítulo USA bajo el liderazgo del Dr  César Pérez Vivas

Editorial de Phoenix Team Global. Las opiniones expresadas corresponden al autor.

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