OPINIÓN · INTERNACIONAL
Occidente enfrenta amenazas ideológicas desde diferentes direcciones. La defensa de la libertad no puede ser selectiva ni elegir un autoritarismo como “mal menor”.
Vivimos en una época en la que cuestionar determinadas ideas puede convertirnos inmediatamente en “extremistas”, mientras que otras formas de radicalismo son justificadas como una legítima expresión de protesta. Quizás ha llegado el momento de abandonar esa doble vara de medir.
Occidente no es perfecto. Pero la democracia liberal construyó algo extraordinario: sociedades basadas en la libertad individual, el Estado de derecho, la propiedad privada, la libertad religiosa, la libertad de expresión y la posibilidad de cambiar pacíficamente a nuestros gobernantes.
Ese sistema enfrenta amenazas desde diferentes direcciones.
El extremismo de derecha, el autoritarismo de extrema izquierda y el fundamentalismo islamista no son la misma ideología. Tienen historias, objetivos y métodos diferentes. Pero cuando cualquiera de ellos pretende destruir la libertad, imponer una visión única de la sociedad o justificar la violencia política, deja de ser simplemente una opinión y se convierte en una amenaza para la democracia.
El problema comienza cuando decidimos que uno de esos extremismos es aceptable porque combate a nuestro adversario político.
No.
Una democracia no puede defender la libertad escogiendo cuál autoritarismo considera “el mal menor”.
No podemos condenar el extremismo de derecha y al mismo tiempo justificar el autoritarismo de extrema izquierda. Tampoco podemos combatir el fundamentalismo islamista mientras ignoramos las corrientes occidentales que justifican, minimizan o romantizan la violencia política.
La libertad no puede ser selectiva.
Pero defender Occidente tampoco significa aceptar que las únicas alternativas sean el progresismo radical o el nacionalismo autoritario. Existe una tradición política que durante décadas buscó conciliar libertad, democracia, economía social de mercado, responsabilidad individual, solidaridad y valores cristianos: la democracia cristiana.
La democracia cristiana reconoce que una sociedad libre necesita algo más que crecimiento económico o poder político. Necesita instituciones fuertes, responsabilidad personal, respeto por la dignidad humana y una cultura capaz de transmitir valores entre generaciones.
Su propuesta parte de una idea sencilla pero profunda: la persona está por encima del Estado, pero la libertad individual también implica responsabilidad hacia la familia, la comunidad y la sociedad. El Estado debe proteger derechos y crear las condiciones para que las personas prosperen, pero no sustituir a la sociedad civil ni convertirse en el dueño de la vida de sus ciudadanos.
La democracia cristiana tampoco debería confundirse con un proyecto teocrático. Su valor está precisamente en ofrecer una alternativa democrática que reconoce las raíces culturales de Occidente sin pretender imponer la fe mediante el poder político.
Quizás Occidente necesita recuperar esa confianza en sus propios principios. Una civilización que se avergüenza de su historia, que renuncia a transmitir sus valores y que considera sospechoso defender su propia cultura termina dejando un vacío. Y los vacíos políticos, culturales y morales siempre terminan siendo ocupados por alguien.
La verdadera batalla, por tanto, no debería ser simplemente entre izquierda y derecha.
Es entre quienes creen que la libertad, la democracia y el Estado de derecho merecen ser defendidos y quienes están dispuestos a sacrificarlos para imponer su propia visión del mundo.
La pregunta no es quién está a la izquierda o a la derecha. La pregunta es mucho más importante: ¿quién está dispuesto a defender la libertad?
Fuentes consultadas
- Legislación y documentos institucionales de la Unión Europea relacionados con terrorismo y extremismo.
- Referencias generales sobre democracia liberal y democracia cristiana.

Gracias Carlos